lunes, 31 de octubre de 2011

Gaspar Sanz: “ni es perfecta, ni imperfecta sino como tú la hizieres”

Si a alguien realmente le debemos el desarrollo de la técnica de la guitarra española, ése sin duda es el gran Gaspar Sanz. Durante la segunda mitad del siglo XVII sistematizó en sus escritos la forma de tocar el instrumento, sentando con ello las bases de la práctica de las seis cuerdas que conocemos en la actualidad. Como refleja en el prólogo de su obra magna “Instrucción de música sobre la guitarra española”, parece ser que se hartó de aguantar la falta de método de los músicos de su época y decidió sentar las reglas, de una vez por todas, para interpretar correctamente la música de guitarra. En sus propias palabras: “ninguno de los autores que han impresso sobre este instrumento traen bastantes reglas, pues a lo sumo enseñan a que tañan aquellas piezas suyas, pero ninguno da regla para que se componga y adelante, sin tener siempre al maestro al lado.”

No el faltaba preparación musical a este aragonés de Calanda pues se dice que fue Catedrático de Música en la Universidad de Salamanca, hecho no confirmado. Sin embargo, su formación alcanza su punto álgido en Italia, de la mano de maestros como Foscarini, Pellegrini, Granata, Corbetta y Doizi de Velasco, y más en concreto, en la ciudad de Nápoles, en donde la guitarra se utilizaba como instrumento acompañante (“musica battente”). Es probable que durante su estancia en la península itálica desarrollase el denominado “estilo mixto” de ejecución, que luego caracterizaría su obra, consistente en combinar el rasgueo de las cuerdas con el punteado o “pizzicato”. Según el propio testimonio de Gaspar Sanz “en Italia los maestros sólo encuerdan la guitarra con cuerdas delgadas, sin ningún bordón”. De ahí la afición de los maestros italianos por los punteos de guitarra. Continúa, “en España es al contrario, pues algunos usan dos bordones (las cuerdas gruesas de la guitarra que se usan para los bajos) en la quarta y dos en la quinta.”

Resulta apasionante contemplar la evolución de cómo un instrumento rasgueado de acompañamiento va adquiriendo personalidad propia al añadírsele punteos y bajos a su técnica de interpretación, lo que le confiere una autonomía decisiva y un protagonismo inédito.

Aunque lo verdaderamente notable de la obra de Sanz es que, a pesar de sus viajes y su mercado espíritu cosmopolita, sus libros contienen música puramente española de la época, en gran medida de origen popular, como son las gallardas, folías, zarabandas, chaconas, jácaras, las hachas, la vuelta, rujero, paradetas, matachín, españoletas, canarios, villanos, marionas o los pasacalles, entre otras formas y estilos musicales.

Merece la pena reproducir aquí la descripción que hizo el propio Gaspar Sanz de la guitarra, su instrumento predilecto, a pesar de que también era organista: “ni es perfecta , ni imperfecta sino como tú la hizieres pues la falta o perfección está en quien la tañe y no en ella, pueso yo he visto en una cuerda sola y sin trastes hazer muchas habilidades, que en otros eran menester los registros de un órgano, por lo cual cada uno ha de hazer a la guitarra buena, o mala, pues es como una dama, en quien no cabe el melindre de mírame y no me toques.” Delicioso.


sábado, 22 de octubre de 2011

Música y masonería


La música siempre ha acompañado los rituales esotéricos desde los albores de la civilización y aquellos ligados a la masonería no son una excepción. La música es un elemento primordial en los ritos masónicos, pues en palabras de Alfredo Melgar, Maestro  masón de la Logia Concordia IV, al Oriente de Madrid, la música “simboliza la armonía del mundo y, muy en especial, la que debería existir entre todos los masones de la Tierra”. Numerosos músicos de renombre universal fueron masones, aunque los primeros nombres que nos llegan a la cabeza siempre son los de Mozart y su amigo Haydn.

Tradicionalmente se asocia el origen de la masonería a la construcción de las grandes catedrales europeas en la Edad Media. Los equipos de artesanos y arquitectos de los grandes templos habrían organizado sociedades secretas para proteger sus conocimientos técnicos, que a la larga fueron adquiriendo rituales, ceremonias iniciáticas y una simbología propia, con una fuerte presencia de herramientas de diseño y construcción. Esta fase se conoce como “masonería operativa”, es decir aquella que está centrada en la construcción de edificios reales. A partir del siglo XVIII surge la denominada “masonería especulativa”, que es la que conocemos hoy en día y que está desligada de la arquitectura excepto en su simbología. Como su propio nombre indica, la “masonería especulativa” tiene como objetivo pensar, filosofar acerca del templo ideal, ya no físico, como metáfora del universo. La historia ortodoxa establece una línea continua en el tiempo entre los constructores de las catedrales medievales y los pensadores iluminados del siglo XVIII, pero a mí nunca me ha quedado tan claro, pues ¿dónde estaban los masones desde el siglo XVI, cuando se acaban de construir los grandes templos, hasta su reaparición como movimiento filantrópico dos siglos más tarde? Pero no éste lugar para abrir ese debate.

La masonería concibe la música como vehículo y a la vez construcción de carácter iniciático: el sonido sería una piedra en bruto sin tallar y la música representa la piedra trabajada, cuyo ensamblaje crea arquitecturas de armonías. Se establecen tres niveles de relación entre música y masonería:

1. El paralelismo entre los tres elementos para pulir la piedra y para perfilar las notas: la fuerza, equivalente a la densidad, la sabiduría, equivalente al tempo, y la belleza, equivalente a la frecuencia.

2. Las etapas de ensamblaje de la obra: la pausa musical que equivale al Aprendiz masón, cuya tarea es cultivar es silencio, el sonido de la nota, equiparable al Compañero masón, cuya función es despertar su conciencia, y finalmente la melodía, simbolizada por el Maestro masón, que coordina la obra arquitectónica en su conjunto.

3. Los métodos para alcanzar la maestría del oficio: el Aprendiz masón debe descodificar los símbolos del arte y en música hay que aprender los códigos de la escritura musical; el Compañero masón aprende a interpretar los signos y valores específicos de las técnicas de construcción, mientras que en el campo musical se aprende la ejecución del canto, de los estilos y de la polifonía; finalmente, el Maestro masón aprende a dirigir la obra en conjunto y el músico a interpretar la partitura completa.

Parece ser que en la masonería operativa solamente se interpretaba canto, mientras que la especulativa introduce conjuntos de voces e instrumentos, agrupados en la Columna de Armonía de la logia.  



viernes, 7 de octubre de 2011

“Orpheus Britannicus”, el grandes éxitos de Henry Purcell


Cuando todavía se vendían LPs, y posteriormente CDs, es decir cuando la industria musical todavía tenía un modelo de negocio e ingresos, existía en el mercado un producto muy fructífero que se denominaba en general, aunque podía adquirir una amplia variedad de nombres, “grandes éxitos” (del inglés “Greatest Hits”). Consistía este particular en una recopilación de las canciones más conocidas de un determinado grupo o artista, que suplía las necesidades, por una parte, de aquellos melómanos que no tenían la suficiente afición por una banda como para comprarse la discografía oficial, y por otra, de todos aquellos para los que la música no es más que algo de moda y que no han sido capaces de reunir más de quince discos en la estantería del salón de su casa (colecciones que pueden albergar simultáneamente obras como “Lo mejor de Porrinas  de Badajoz” y “Max-mix 84”). El caso es que este no es un fenómeno tan contemporáneo como puede parecer dado que en 1698, varios años después de la muerte del compositor británico Henry Purcell, se publicó “Orpheus Britannicus”, una colección de las mejores (o más populares) canciones del  músico, que fue un éxito de ventas en la época y le produjo no pocos beneficios a Henry Playford, el editor.

Henry Purcell falleció inesperadamente en noviembre de 1695 y su muerte supuso un duro golpe para la sociedad inglesa del momento, dada la popularidad de la que gozaban tanto su obra como su persona. Algo conté sobre su figura en aquel post sobre sus canciones de taberna, pero el caso es que fue organista de la abadía de Westminster, que compuso una ópera (“Dido y Eneas”) y varias  semióperas, y que puso música a hitos y eventos de la Corona, como la “Oda para el cumpleaños de la reina María” o “Música para el funeral de la reina María”. En 1696 se publicó un homenaje en forma de un volumen de piezas para clave, seguido, en 1697, de unas suites para teatro y sonatas para trío. Sin embargo, la gran recopilación de su obra llegó de la mano de Playford al año siguiente con “Orpheus Britannicus. A Collection of All the Choicest Songs for One, Two and Three Voices, Compos´d by Mr. Henry Purcell” (Orfeo Británico. Una colección de las mejores canciones para una, dos y tres voces compuestas por Mr. Henry Purcell). El éxito del primero condujo a la publicación de un segundo volumen en 1702, y en 1706 y 1721 se publicaron ediciones ampliadas.

A pesar del anuncio de exhaustividad, “Orpheus Britannicus” solamente incluye obras escritas en los cinco últimos años de la vida del músico, y relacionadas con su faceta de compositor teatral. El editor se dejó fuera toda la obra cortesana de la década de 1680, que a juicio de los expertos es de mayor calidad, aunque parece ser que podría haber quedado anticuada al ser cotejada con los gustos musicales del siglo naciente. En cualquier caso, la recopilación es un grato compendio de piezas vocales e instrumentales, que erradicadas de su contexto original, adquieren una nueva e interesante dimensión.

No estoy de acuerdo con James Galway, que en su obra “Música en el tiempo”, afirma con desprecio, refiriéndose a Purcell, que “Sus odas reales, composiciones funerarias y música incidental para la escena, de dramatismo trivial aunque musicalmente resplandecientes, demuestran lo que podría haber conseguido el compositor en un clima menos provinciano y estrecho de miras.”  A mí en cambio me parece que hay grandeza en la obra de Henry Purcell, pero claro, yo no tengo ni idea.

Os dejo una pieza de las incluidas en Orpheus que pertenece a la semiópera “King Arthur”. En ella, Venus profetiza que Inglaterra llegará a ser un gran país unido.


martes, 27 de septiembre de 2011

“El Cancionero de Palacio”, un juke-box de los Reyes Católicos


Con los Reyes Católicos da comienzo en España una de las épocas más brillantes de la cultura en nuestro país, tanto en las artes plásticas como en la literatura, y por supuesto, en la música. En el caso de la música supone el inicio de un periodo floreciente para todos los géneros: vocal, instrumental, sagrada, profana, práctica, especulativa… Gran parte del conocimiento que tenemos de las formas musicales de esa época se lo debemos a los cancioneros que han sobrevivido, que no son otra cosa que recopilaciones de las piezas que más frecuentemente sonaban en las fiestas palaciegas, realizadas por copistas. Las canciones incluidas nos esbozan qué tipo de música despertaba las emociones de aquellos que vivieron el final del siglo XV y el principio del XVI.

“El Cancionero de Palacio” es un manuscrito que data de la época de los Reyes Católicos y que fue descubierto por Gregorio Cruzada en 1870. Posteriormente, fue publicado en Madrid por la Academia de Bellas Artes en 1890. Está escrito en castellano y agrupa música profana, cortesana, pues existen otros cancioneros de la época que exponen piezas litúrgicas, con texto latino. Este cancionero consta de 458 composiciones en su mayoría de autores españoles, algo no tan común en este tipo de recopilaciones que solían incluir obras de autores extranjeros, predominando los flamencos.

Desde la postura del que no es erudito en estos temas, debo decir que el componente popular que emanan estas composiciones, a menudo basadas en romances y temas trovadorescos, las dotan de una cercanía y de un sentimiento entrañable que no tienen otras obras de la época que puedan ser consideradas musicalmente más elevadas técnicamente. No fuimos abanderados de la revolución musical renacentista pero no por ello no compusimos una música maravillosa.

“El Cancionero de Palacio” cuenta con piezas de autores sobradamente conocidos, como Juan del Encina, Francisco de Peñalosa o Pedro Escobar, combinadas con otras de nombres que no tenemos tan identificados hoy en día, como Jacobus Milarte, Juan Ponce, Gabriel o Lope de Baena. Desde el punto de vista de las formas musicales, predomina el villancico, uno de los baluartes de la lírica popular de la época, el estrambote y el romance, especialmente el dedicado a la conquista de Granada. No hay que olvidar que los romances durante la Edad Media eran el equivalente a nuestros noticiarios y documentales: una forma de transmisión oral, hasta que alguien se molestaba en transcribirlos, de sucesos pasados y recientes.  



sábado, 17 de septiembre de 2011

Hispania & Japan


En plenas vacaciones estivales nos sorprendió la noticia del lanzamiento de una nueva obra de Jordi Savall, “Hispania & Japan. Dialogues. Y digo que fue una sorpresa por lo prolífico del artista, dado que poco tiempo antes había publicado un doble CD sobre piezas del músico francés Rameau. Responde quizá su perfil al del perfecto creativo que no se para a regodearse con su última obra sino que sigue creando en cadena, y en el caso de Savall, llevando varios proyectos en paralelo (algo parecido le ocurre a Woody Allen en el terreno cinematográfico).

“Hispania & Japan”, que por cierto todavía no aparece anunciado en la web de Alia Vox, el sello discográfico de Jordi Savall, pretende ser un homenaje a las víctimas del terremoto y posterior tsunami que asoló el país del sol naciente este año (los beneficios de las ventas serán entregados a la Cruz Roja japonesa). Es también una muestra de respeto y admiración por la cultura y tradición nipona. La obra subraya el diálogo que desde el siglo XVI mantuvo la música española con la japonesa, en concreto, desde el desembarco del director de la Compañía de Jesús, Francisco Javier, en Kagoshima en 1549. La presencia del jesuita ejerció una importante influencia de las formas culturales españolas en el Japón de la época, incluidas las formas musicales, hasta el punto que en 1605 el editor Nagasaki publicó “Manuale ad Sacramenta”, una recopilación de cantos religiosos transmitidos por Francisco Javier.

El CD está compuesto por piezas del acervo renacentista español, de autores como Narváez, intercaladas con canciones tradicionales niponas. La interpretación corre a cargo de Hespèrion XXI, el conjunto de Savall dedicado a la música antigua, y de la Capella Reial de Catalunya en el plano vocal, coral en la que milita Montserrat Figueras, la esposa de Jordi Savall.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El alma celta de Turlough O´Carolan


Tropecé hace décadas con la música para arpa de O´Carolan a través de un doble LP de recopilación de música folk irlandesa, de aquella época en que Discoplay se dedicaba a importar pequeñas maravillas, como los discos de la colección Folkways Records. La obra en cuestión incluía tres piezas breves de O´Carolan que el guitarrista John Rebourn había transcrito a las seis cuerdas. Me cautivó la sencillez y espontaneidad de la melodía y el airecillo céltico tradicional que emanaba.

Turlough O´Carolan fue un compositor e interprete de arpa irlandés que vivió a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Ciego desde los dieciocho años a causa de la viruela, vivió una vida de músico ambulante buscando el apoyo y mecenazgo de las familias pudientes de la isla. A pesar de ser un excelente arpista, principalmente ha pasado a la historia como compositor, tanto por la calidad de su obra como por su metodología creativa poco ortodoxa. Por ejemplo, en contra de la tradición irlandesa, O´Carolan componía primero la melodía y después la letra de sus canciones, cuando el orden natural era el contrario, crear música sobre un poema acabado.

Uno de los aciertos de las composiciones de este bardo fue el intento de conjugar la tradición musical celta, la música popular, con la influencia de  grandes compositores europeos del momento, como Corelli o Vivaldi. El problema con su obra es que ha sobrevivido solamente como simples líneas melódicas sin una pista acerca sobre la armonía y el acompañamiento.  En cualquier caso, se conservan 214 de sus piezas, lo que no deja de ser un record dado que por culpa de la transmisión oral tradicional, prácticamente no se conservan piezas de arpa anteriores a O´Carolan.

En 1792 un comité formado por músicos de arpa irlandeses, constatando que la tradición se estaba perdiendo, acordó escribir las piezas para garantizar su supervivencia. Sin embargo, Edward Bunting, un organista al que se contrató a tal efecto, anotó las melodías pero no las líneas de bajo y acompañamiento, razón por la cual se sabe bien poco sobre este género musical.


lunes, 22 de agosto de 2011

Los viajes de Tirante el Blanco a través de Capella de Ministrers


Capella de Ministrers es un interesante conjunto de música antigua con bastante tradición en la escena de nuestro país pues lleva en funcionamiento desde 1987, con distintas formaciones de músicos, aunque siempre bajo la dirección de Carles Magraner. Cuenta en su haber con 41 obras grabadas en distintos sellos discográficos que abarcan desde el medioevo hasta el siglo XIX.

Al igual que muchos otros grupos de este género, lo apasionante de su obra es que se trata de mucho más que grabaciones; son verdaderos estudios de musicología, en muchos casos de arqueología musical, que suelen contar con importantes dosis de investigación y reconstrucción de piezas musicales, especialmente al tratar los periodos históricos más oscuros y alejados de nosotros. Por otro lado, la producción de Capella de Ministrers no se reduce a la mera grabación dado que con frecuencia el resultado es un espectáculo escénico asociado a la música o la combinación de pistas de audio y texto, en formato libro-CD. Por lo tanto, más que de discos estaríamos hablando de “proyectos”, dado el esfuerzo y la complejidad que rodean su gestación.

Tal es el caso de su último trabajo, “Els Viatges de Tirant Lo Blanch”, que gira en torno a la conocida novela de caballerías de Joannot Martorell y que cuenta con un prólogo de Mario Vargas Llosa encabezando el texto. La historia del famoso caballero sirve de excusa para realizar un recorrido por las distintas músicas que se interpretaban en los siglos XIV y XV en Sicilia, Rodas, Inglaterra, Constantinopla y el norte de África, entre otros lugares.

Personalmente, yo pienso seguir bastante de cerca la trayectoria de Capella de Ministrers.