lunes, 21 de diciembre de 2015

Referencias a instrumentos en la obra de Shakespeare

La música juega una parte importante de la obra de William Shakespeare, si bien no han llegado hasta nosotros arreglos musicales contemporáneos de sus textos. Hay quien los asocia con partituras de compositores barrocos como Purcell, Matthew Locke o Robert Johnson, pero la mayoría de ellos nacieron tras la muerte del bardo de Stradford, excepto Johnson que parece ser que sí es el autor de parte de su música escénica.

Christopher Wilson (Shakespeare and Music, 1922) achaca la falta de información sobre las melodías en la obra de Shakespeare a que utilizaba piezas de moda en la época que todo el mundo conocía para musicar sus textos, y por ende, ni él ni nadie se molestaba en escribir o reproducir la música (“he wrote his songs to popular tunes of the day, which everyone knew and no one troubled to write down and print”).

Sin embargo, la música está muy presente en las creaciones teatrales shakesperianas y las alusiones a este arte, ya sean directas o como metáfora o símil, son constantes. En este texto me limitaré, brevemente, a comentar las alusiones que hizo nuestro hombre en sus versos a distintos instrumentos musicales.

Pere Ros Vilanova nos recuerda (Shakespeare sonoro: una lectura de Shakespeare con los ojos cerrados, 2011) cómo en la obra del mismo nombre el personaje de Pericles compara a una mujer fiel con una viola da gamba en la que el hombre interpreta música, una metáfora bien machista, me temo (Pericles I,1):

“Sois una bella viola, y vuestros sentidos, las cuerdas; el hombre que la tocara para hacer surgir de ella su legítima música habría hecho descender el cielo sobre la tierra y todos los dioses para escucharla; pero como ha sido tocada antes del tiempo debido, solo el infierno ha danzado al son de una consonancia tan discordante.”

En Noche de reyes, Sir Toby defiende a su amigo de juergas y objeto de sablazos Sir Andrew Aguecheek ante Maria, la criada de Olivia (de quien está enamorado Sir Andrew), aduciendo que, entre otras de sus virtudes, toca la viola da gamba (Noche de reyes I,3):

 “Pero si toca la viola da gamba, y habla, palabra a palabra, hasta tres o más idiomas”

Edward W. Naylor (Shakespeare and Music, 1896) aporta otro ejemplo, esta vez de la obra Ricardo II, en concreto de la escena en que el duque de Norfolk es desterrado por el monarca acusado de conspiración y se lamenta de esta manera:

“El habla que he aprendido en estos cuarenta años, mi inglés natal, debo olvidar ahora, y ahora el uso de mi lengua no me es de más utilidad que una viola o un arpa sin cuerdas o como un buen instrumento encerrado en su estuche o que, si de él se saca, es para ponerlo en  manos que no conocen las teclas ni el tono de la armonía.”

Naylor expone en su libro que las costumbres francesas se apropiaban de los gustos ingleses de la época y eso implicaba importar el violín, cuya familia de instrumentos se convertiría en francamente popular en la corte de Luis XIV. Ya en la obra de Shakespeare se apreciaba la influencia de este cordófono en Enrique VIII (I,3):

Lovell: "Una canción francesa, y un violín, no tienen rival.”

La flauta también hace su aparición en la literatura shakesperiana, sin ir más lejos que en el archiconocido texto Hamlet (III,2), en donde el joven príncipe de Dinamarca habla con su amigo Guildestern comparándose con una flauta.

 “Hamlet – Más fácil es que de tenderse a la larga. Mira, pon el pulgar y los demás dedos según convenga sobre estos agujeros, sopla con la boca y verás qué lindo sonido resulta. ¿Ves? éstos son los puntos.

 Guildestern – Bien, ¡Pero si no sé hacer uso de ellos para que produzcan armonía! Como ignoro el arte…

Hamlet – Pues mira tú en qué opinión tan baja me tienes. Tú me quieres tocar, presumes conocer mis registros, pretendes extraer lo más íntimo de mis secretos, quieres hacer que suene desde el más grave al más agudo de mis tonos; y ve aquí este pequeño órgano, capaz de excelentes voces y de armonía, que tú no puedes hacer sonar. ¿Y juzgas que se me tañe a mí con más facilidad que a una flauta? No, dame el nombre del instrumento que quieras; por más que le manejes y te fatigues, jamás conseguirás hacerle producir el menor sonido”.

Ros Vilanova destaca que la flauta era un instrumento que había adquirido gran popularidad en la época a través de la literatura pastoril. Shakespeare nos habla de ello en El sueño de una noche de verano (II,1):

“… yo sé cuándo te has deslizado fuera de la tierra de las hadas y has pasado todo el día sentado en forma de Corino el pastor, tocando flautas de talo de maíz y cantando versos de amores a la enamorada Fílida”.

Naylore por su parte subraya otro pasaje de la misma obra (V,1) sobre la flauta en la que tres personajes comentan que el actor de una obra ha recitado fatal su papel, sin atender a la puntuación, como un caballo desbocado o como un niño que no ha aprendido a tapar los agujeros de la flauta correctamente para producir una melodía:

  “TESEO: Éste pierde muchos puntos.
  LISÁNDRO: Cabalga en su prólogo como si fuera un potro salvaje: no sabe pararse. Mi señor, la moraleja es que no basta con hablar: hay que hablar a derechas.
HIPÓLITA: Cierto. Ha tocado su prólogo como un niño su flauta: aunque la hace sonar, no la domina”.

En Enrique IV el dramaturgo la convierte en metáfora de los rumores negativos, dibujándole al instrumento un halo negativo:

“El Rumor es una flauta que soplan las sospechas, los celos, las conjeturas, instrumento tan sencillo y tan fácil, que el rudo monstruo de innumerables cabezas, la discordante y ondeante multitud, puede tocarlo.”

Adicionalmente, Pere Ros Vilanova ha conseguido identificar varias referencias a otros instrumentos de viento en la obra shakesperiana, especialmente de la trompeta:

Timón de Atenas (III,6): “Mientras, saboread la música con vuestros oídos, si no os molesta un sonido tan áspero como el de las trompetas. En seguida nos pondremos a ello.”

El mercader de Venecia (V,1): “Observa un rebaño indómito y salvaje o una manada de potros aún sin desbravar, saltando locamente, bufando y relinchando, como es propio de la sangre que les bulle. Si oyen un toque de trompeta o llega a sus oídos una melodía, verás cómo todos se paran al instante y se aquieta su briosa mirada con el grato poder de la música”.

Troilo y Crésida (I,3): “Suena fuerte, trompeta: lanza tu voz broncínea a través de todas estas perezosas tiendas, y a todo griego animoso hazle saber que lo que pretende Troya honradamente, ha de decirse en voz alta”.

También ha encontrado una gaita en un pasaje del judío Shylock de El mercader de Venecia (III,4):

“… otros, cuando la gaita canta por la nariz, no pueden retener la orina”.

Finalmente, en Coriolano (V,4) Shakespeare hace alusión a toda una lista de ruidosos instrumentos de viento y metal, entre los que se encuentra el salterio que es de cuerda:

“¡Oíd! Sacabuches, clarines, salterios y pífanos, tamboriles, címbalos …”.

Volviendo a la obra de Edward W. Naylor, éste nos habla de un instrumento muy popular en la segunda mitad del siglo XVI, especialmente entre las mujeres: el virginal. Se trataba de un pequeño instrumento de tecla que solían tocar las damas en la intimidad de sus aposentos y parece ser que hasta la reina Isabel se deleitaba con uno. De esta forma, en El cuento de invierno (I,2), Leontes le pregunta a su esposa Hermione que hace manitas con Polixenes: “still virginalling upon his palm?”. Compara el tocar el teclado con jugar ella con la mano de él.

Acabamos esta breve descripción de instrumentos musicales en la obra de William Shakespeare con el laúd, el cordófono de moda en la Europa del siglo XVI. Aunque comienza siendo un instrumento más de acompañamiento en grupo pronto adquiere un papel protagonista como apoyo exclusivo del canto o para ser interpretado solo. Naylor señala dos referencias a este instrumento en dos obras distintas:

Enrique VI (I,4), en la escena en la que muere Salisbury:

Talbot : “Me llama con la mano y me sonríe, como si dijese, ‘cuando me haya muerto, recuerda que debes vengarme de los franceses.’ – Plantagenet, lo haré; y como tú, Nerón, tocaré el laúd mientras contemplo las ciudades arder.”

Enrique IV (III,1), Mortimer a Lady Mortimer:

“…porque tu lengua hace al galés tan suave como los bellos cantares, de tiernas modulaciones, cantadas en el laúd, por una hermosa reina, bajo un bosque de estío.”

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