lunes, 9 de septiembre de 2013

Su nombre, Cabezón, ¿para qué seguir?

Este título forma parte del epitafio que ordenó escribir Felipe II en la tumba de Antonio Cabezón, situada en el antiguo convento de San Francisco el Grande:

“En este sepulcro descansa aquel privilegiado Antonio, que fue el primero y el más glorioso de los organistas de su tiempo. Su nombre, Cabezón, ¿Para qué seguir?, cuando su esclarecida fama llena los mundos y su alma mora en los cielos. Murió, ¡ay!, llorándole toda la Corte del Rey Felipe, por haber perdido tan rara joya.”

Cabezón es uno de los escasos compositores españoles renacentistas citados en los tratados de música internacionales, que suelen ser especialmente parcos a la hora de citar bardos ibéricos. Esto nos puede dar una idea de la importancia de la figura que nos ocupa, quien en alguna ocasión ha sido definido con cierta audacia como “el Bach español”.

Organista y compositor para tecla, Antonio Cabezón es una personalidad clave para entender el proceso de autonomía que la música instrumental estaba llevando a cabo en la primera mitad del siglo XVI respecto a su tradicional dependencia del género vocal. Su aportación tiene una vertiente de experimentación y explotación de formas instrumentales nuevas como el tiento o la diferencia, y otra de difusión de sus hallazgos y maestría por las cortes europeas, como músico cortesano que acompañaba a sus monarcas en los viajes oficiales.

Sobre el talante innovador de la obra del burgalés (pues era originario de Castrillo de Matajudíos) da buena cuenta el musicógrafo Siegfried Dehn en una carta que le escribe a su amigo Franz Liszt en 1853:

“Mucho más que los contrapuntistas italianos me interesan los compositores españoles del siglo XVI, y en primer lugar, Cabezón que, además de por su música da que pensar a mi canosa cabeza por el significado de su extraño nombre, Cabezón. El descubrimiento de sus obras (del año 1578) me ha hecho adoptar un punto de vista completamente nuevo, no sólo sobre los orígenes de la música instrumental, sino en general sobre los de la música figurativa.”

Al igual de otros grandes músicos de todos los tiempos, y de no pocos maestros de la tecla, Antonio Cabezón era ciego de nacimiento, factor que a juicio de su hijo Hernando, también teclista, desarrolló su extraordinaria sensibilidad musical:

“…para que acrescentándose la delicadeza del sentido del oyr, en lo que faltava de la vista, y duplicándose en él aquella potencia quedase tan aventajado y subtil…”

En cualquier caso, su talento no pasa inadvertido en la corte, pues desde 1526, con dieciséis años, entra a servir como músico de cámara y organista, primero bajo la Emperatriz Isabel de Portugal y después de Carlos V y Felipe II. Por suerte, Antonio conoció el máximo éxito profesional en vida, algo que otros compositores solamente alcanzan después de su muerte.

Un aspecto que hemos destacado al hablar en otros textos de otros músicos de la época es el cosmopolitismo que les caracterizaba y las oportunidades que encontraban de intercambio de conocimientos con sus homólogos de otros países. Cabezón se beneficio de su cargo de organista de la corona para acompañar a los monarcas, primero el emperador Carlos y posteriormente su hijo Felipe, en sus visitas a cortes europeas.

Una de sus más señaladas peregrinaciones fue de más de un año en Inglaterra, entre 1554 y 1555, siguiendo a su monarca Felipe II cuando éste fue a contraer matrimonio con María Tudor. A menudo se ha señalado que su avanzada e innovadora técnica de composición para teclado podría haber influido en la obra de músicos de la corte británica de la talla de Thomas Tallis y William Byrd.

Otra mujer del rey Felipe, Isabel de Valois, fue una gran amante de la música y reunió a partir de 1560 en Toledo a Antonio Cabezón con compositores e intérpretes de la talla del vihuelista Miguel de Fuenllana. También ejercía aquí Hernando, el hijo de Antonio, que además sería el editor de su obra.

A pesar de que tocó todos los géneros organísticos de la época, a Cabezón se le reconoce la maestría en el tiento, una obra imitativa y polifónica, equivalente al motete vocal, y con carácter normalmente contemplativo e introspectivo.

Murió en Madrid en marzo de 1566, donde finalmente se estableció la antaño corte itinerante. El elogioso epitafio que le dedicó el monarca Felipe II nos da una idea de lo valorado que fue en vida por su siglo. Pero la proyección de su obra a lo largo de los siglos nos da su verdadera talla y grandeza como compositor. 


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