martes, 17 de septiembre de 2013

Música de shakuhachi: cuando la naturaleza no tiene prisa

Recientemente escuche al musicólogo australiano John Griffiths definir la música renacentista para vihuela como una música no apta para ser tocada en público, sino como un ejercicio de meditación que el intérprete debe realizar en la soledad de su alcoba. Es curiosa esta concepción de la música, más propia de las culturas orientales, como un vehículo para el conocimiento interior del ser humano.

En efecto, en el Japón tradicional los monjes Komusō practicaban Suizen, la meditación soplando una flauta larga de bambú o shakuhachi, frente a la meditación clásica de manera sentada o Zazen. Alcanzaban a través de la interpretación instrumental estados elevados del alma.

Los Komusō pertenecían a la secta del budismo zen de los Fuke, que llegó a Japón desde China en el siglo XIII. Era un orden mendicante que vagaba errante por el país pidiendo limosna y tocando la flauta shakuhachi. Su nombre se puede traducir por el poético nombre de “monjes del vacío o de la nada” y su vestimenta incluía una cesta de mimbre en la cabeza que les cubría el rostro por completo, como forma de desapego terrenal.

La música de shakuhachi es evocadora e hipnótica; es como una llamada al interior del ser, como un diálogo íntimo con uno mismo, como una llamada a la calma y a la introspección procedente de la naturaleza.

La tradición de la flauta shakuhachi se mantiene viva en nuestros días. Entre los intérpretes actuales del instrumento, en este medio he destacado en otros textos a Rodrigo Rodríguez, argentino residente en España que estudió con el maestro Kakizakai Kaoru en el International Shakuhachi Kenshu-kan School.

Recientemente hablé de su último CD dedicado a la figura y la epopeya de Hasekura Tsunenaga, uno de los primeros embajadores de Japón en la corte española del siglo XVI. En este post quiero compartir el vídeo que aparece a continuación que, como me indica el propio Rodrigo, “es una pieza Honkyoku en el estilo de takuhatsu del Kinko Ryû - 琴 古 流 School, y fue interpretada por el Komusō o sacerdote expresar su gratitud al regresar el cuenco para el dueño de casa después de recibir limosnas”.

Es sin duda una melodía envolvente y pausada que me recuerda a la cita de Lao Tzu que Rodrigo Rodríguez ha incluido en el comentario del vídeo en YouTube: “la naturaleza no se apresura, pero todo se completa”.


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