miércoles, 4 de septiembre de 2013

King Arthur de Purcell: ¿ópera o teatro musicado?

La música escénica que compuso Purcell, una parte importante en los últimos años de su vida entre 1690 y 1695, ha despertado no poca controversia a la hora de ser etiquetada. Aunque comúnmente son obras conocidas como óperas, la verdad es que en gran medida no dejan de ser piezas teatrales con números musicales.

Títulos como The Tempest, The Fairy Queen o King Arthur son demasiado fragmentarios e inconexos, desde el punto de vista de la narrativa musical, como para que su argumento sea entendido sin el apoyo de los diálogos y de la puesta en escena.

El caso que nos ocupa, King Arthur, contiene abundantes números instrumentales que carecen de sentido interpretados aparte de la acción. Quizá esto sea debido a que  realmente es una obra de teatro a la que posteriormente se le ha añadido una partitura musical, no una ópera concebida como tal desde su gestación.

En parte la confusión se debe al subtítulo que le adjudicó su autor, John Dryden, “una ópera dramática”. Y a pesar de que durante la Restauración se consideraba como ópera cualquier obra con efectos escénicos, que no tenía  necesariamente por que ser cantada en su totalidad, King Arthur escapa también a esta definición tan laxa.

La música de esta representación artúrica, si bien contiene números muy bellos, carece de la grandiosidad de otras obras de Henry Purcell, como The Fairy Queen. De hecho, la puesta en escena se mantenía en pie con dos o tres solistas que interpretaban varios papeles cada uno, como el barítono John Bowman y la soprano Charlotte Buttler. Además, la orquesta no incluía timbales, que suponían un signo de ostentación y grandeza en las obras de Purcell.

De hecho, la “casi ópera” del rey Arturo ya tenía una extensa vida cuando llegó a las manos (a la pluma, a la batuta) de Purcell, pues el libreto fue escrito por Dryden en 1684. El destino de la pieza era celebrar el jubileo de Carlos II y de paso exaltar la restauración de la casa Estuardo en Inglaterra tras el periodo revolucionario.

Pero el monarca, como hombre de su siglo, rechazó el halago del músico y prefirió para conmemorar sus años de reinado algo más al gusto francés, por lo que John Dryden se vio obligado a componer la opera afrancesada Albion and Albanius, que fue estrenada en 1685. Las hazañas de Arturo quedaron relegadas en un cajón.

La necesidad obligó a Dryden a volver a escribir para ganarse la vida con la escena, de forma que años después desempolvó el libreto de King Arthur y se lo envió a Henry Purcell para que lo musicase. Las transformaciones que sufrió el texto fueron importantes a juzgar por las propias declaraciones de Dryden:

“The Numbers of Poetry and Vocal Musick are sometimes so contrary, that in many places I have been oblig´d to cramp my Verses and make them rugged to the Reader, that they may be harmonious to the Hearer”.

Básicamente lo que expresa el texto anterior es que tuvo que sacrificar la elegancia de sus versos (a su juicio) para que pudiesen adaptarse a la música.

A pesar de que King Arthur parte de la literatura medieval sobre el género, como la obra de Monmouth, Dryden se desvía en la trama de la leyenda artúrica al uso (Camelot, Ginebra, la Tabla Redonda…) y crea una especie de comedia o pantomima a la inglesa.

No obstante, mantiene el espíritu patriótico y de formación del espíritu inglés que acompaña a toda la literatura artúrica escrita en las Islas Británicas (un tema en el que profundicé hace años en un artículo publicado en la revista Historia y Vida), y exalta la creación de Inglaterra como país y como poder. Es algo presente en la pieza que presenta el vídeo siguiente.


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